Las tierras que durante décadas dieron identidad agrícola a Cuautla hoy sobreviven atrapadas entre viviendas, avenidas y presión inmobiliaria. Donde antes dominaban los sembradíos de arroz, ahora avanzan construcciones que empujan lentamente al campo hacia el olvido mientras productores enfrentan rentas imposibles, bajos precios y apoyos tardíos.
Abril marca el inicio de la temporada fuerte de siembra. Entre surcos inundados y jornadas largas, todavía quedan campesinos que resisten. Sin embargo, el paisaje ya no se parece al que recuerdan generaciones enteras de familias dedicadas al cultivo del grano que en 2012 obtuvo denominación de origen por su calidad.
Urbanización y crisis golpean a arroceros del estado
Francisco Tenorio recuerda una región donde prácticamente todo era campo. Hoy observa cómo las parcelas desaparecen bajo la expansión urbana. Datos del Inegi muestran que la población estatal aumentó casi medio millón de habitantes entre 2000 y 2020, una presión que redujo espacios agrícolas y elevó el costo de las rentas para los productores.
Muchos arroceros ya ni siquiera son dueños de las tierras que trabajan. Tenorio paga hasta 75 mil pesos por seis meses de renta para sembrar. Además, los costos de semillas, fertilizantes, herbicidas y mano de obra dispararon la inversión por hectárea hasta los 65 mil pesos.
El problema se agrava porque el precio del arroz cayó mientras los apoyos federales llegan tarde. Algunos agricultores todavía esperan pagos correspondientes a cosechas anteriores pese a que el respaldo de Segalmex representa uno de los pocos incentivos que mantienen viva esta actividad.
El relevo generacional desaparece en el campo
La situación también cambió socialmente. Muchos jóvenes prefieren empleos en fábricas o abandonar el campo ante la falta de estabilidad económica. Otros padres ya no desean que sus hijos repitan una vida marcada por incertidumbre y desgaste físico.
Algunos arroceros todavía defienden el cultivo porque genera más trabajo para jornaleros que otros sembradíos. Aun así, las cifras muestran el derrumbe de la producción. Hace 24 años existían más de mil 373 hectáreas sembradas. En 2024 apenas quedaron 666. El ejido Eusebio Jáuregui refleja esa caída. Hace algunos años tenía 25 productores y ahora sobreviven únicamente cuatro. Entre ellos crece la sensación de que el arroz de Morelos podría extinguirse lentamente ante la indiferencia institucional y el avance descontrolado de la urbanización.